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miércoles, 25 de abril de 2012

Las Voces del Desierto ARCHIVOS PARA LA HISTORIA

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ARCHIVOS PARA LA HISTORIA



A la mañana siguiente me permitieron ver el pasaje que ellos llaman Cómputo del Tiempo. Mediante un dispositivo de piedra, han conseguido que el sol atravie¬se un conducto. Sólo hay un instante en todo el año en que el sol brilla de un modo directo y preciso. Cuando lo hace, saben que ha transcurrido un año entero desde la última vez en que ocurrió. En ese momento se hace una gran celebración en honor de la Guardiana del Tiempo y de la Guardiana de la Memoria. Las dos mu¬jeres se encargan del ritual de cada año, para el que pintan un mural de todas las actividades significativas durante las seis estaciones aborígenes transcurridas. Se enumeran todos los nacimientos y muertes por el día de la estación y el tiempo solar o lunar, así como por otras importantes observaciones. Yo conté más de cien¬to sesenta de estas inscripciones y pinturas. Así fue como determiné que el miembro más joven de la tribu tenía trece años y que había cuatro personas que pasa-ban de los noventa.

Yo no sabía que el gobierno australiano hubiera participado alguna vez en actividades nucleares hasta que lo vi indicado en el muro de la cueva. Probable¬mente el gobierno no tenía ni idea de que hubiera seres humanos cerca del lugar de las pruebas. También tenían registrado en la pared el bombardeo de los japoneses sobre Darwin. Sin usar lápiz ni papel, Guardiana de la Memoria conocía los acontecimientos más importantes en la secuencia correcta en que debían ser recordados. Cuando Guardiana del Tiempo describió su responsa¬bilidad de cincelar y pintar, su rostro expresó tal deleite que fue como mirar a los ojos de un niño que acabara de recibir un regalo ansiado. Ambas son mujeres de edad avanzada. Me asombró que nuestra cultura estu¬viera llena de ancianos desmemoriados, insensibles, inestables y seniles, mientras que allí, en el desierto, las personas se vuelven más sabias a medida que envejecen y se las valora por su aportación a las conversaciones. Son pilares de fortaleza y ejemplo para los demás.

Contando hacia atrás, hallé en la pared la talla que representaba el año de mi nacimiento. Allí, en la esta¬ción que reflejaba septiembre, en lo que sería nuestro vigésimo noveno día, al amanecer, habían registrado un nacimiento. Pregunté quién era. Me contestaron que se trataba de Cisne Negro Real, conocido después como el Anciano de la Tribu.

Seguramente no me quedé boquiabierta de asom¬bro, aunque no era para menos. ¿Qué probabilidades hay de conocer a alguien que haya nacido el mismo día, del mismo año, a la misma hora, en el extremo opues¬to del mundo, y de saberlo de antemano? Le dije a Outa que quería hablar en privado con Cisne Negro Real, y él así lo dispuso.

Años antes Cisne Negro se había enterado de que tenía un compañero espiritual que habitaba en una per-sonalidad nacida en la parte septentrional del mundo en la sociedad de los Mutantes. En su juventud, él había querido aventurarse en la sociedad australiana para bus¬car a esa persona, pero le advirtieron que debía cumplir el pacto de concederse cincuenta años al menos para de¬sarrollar los valores personales.

Comparamos nuestros nacimientos. Su vida empe¬zó cuando su madre, tras largos días de viaje solitario, llegó a un lugar concreto, cayó un agujero en la arena, lo forró con la suavísima piel de un raro koala albino y se puso encima en cuclillas. La mía empezó en un blan¬co y aséptico hospital de Iowa después de que también mi madre viajara muchos kilómetros desde Chicago para ir a un lugar concreto de su elección. El padre de Cisne Negro se hallaba de viaje a kilómetros de distan¬cia cuando él nació. También el mío. En su vida y hasta aquel momento, había cambiado de nombre varias ve¬ces. También yo. Me contó las circunstancias de cada cambio. El raro koala blanco que había aparecido en el camino de su madre indicaba que el espíritu del niño que llevaba en sus entrañas estaba destinado al lideraz¬go. Personalmente había experimentado la afinidad con el cisne negro y luego había combinado el cisne con el término de distinción en su mundo, que habían traduci-do como Real para mí. A mi vez le hablé de las circuns¬tancias de mis cambios de nombre.

En realidad no importaba si nuestra conexión era mito o hecho. Se convirtió en una asociación real en ese mismo instante. Tuvimos muchas charlas intimas.

La mayor parte de lo que hablamos fue personal y no sería apropiado para este manuscrito, pero compar¬tiré con ustedes lo que a mi parecer fue su más profun¬da declaración.

Cisne Negro Real me contó que en este mundo de personalidades hay siempre una dualidad. Yo lo había interpretado como el bien frente al mal, esclavitud fren¬te a libertad, resignación frente a inconformismo. Pero no era ése el caso. No es blanco o negro; siempre son tonos grises. Y lo que es más importante, todo el gris se mueve progresivamente de vuelta hacia el creador. Yo bromeé sobre nuestra edad y le dije que necesitaría otros cincuenta años para comprenderlo.

Más tarde, ese mismo día, en el pasaje del Cómputo del Tiempo, aprendería que los aborígenes son los inventores de la pintura con pulverizador. De acuerdo con su honda preocupación por el medio ambiente, ellos no utilizan productos químicos tóxicos; se han ne¬gado a cambiar con los tiempos, así que sus métodos de hoy son los mismos que en el año 1000. Pintaron una zona de la pared de un intenso tono rojo con los dedos y un pincel de pelo animal. Unas horas después, cuando ya se había secado, me explicaron cómo debía mezclar pintura blanca con arcilla cretácea, agua y aceite de la¬garto. Preparamos la mezcla sobre un trozo de corteza aplanada. Cuando conseguimos la consistencia adecua¬da, doblaron la corteza hasta convertirla en un embudo y yo me metí la pintura en la boca. Tuve una extraña sensación en la lengua, pero apenas noté sabor. A conti¬nuación coloqué la mano sobre la pared roja y empecé a escupir la pintura alrededor de mis dedos. Finalmente levanté la mano salpicada y dejé la marca de la Mutante sobre la pared sagrada. No habría recibido más alto ho¬nor aunque hubieran colocado un vaciado en yeso de mí rostro en el techo de la Capilla Sixtina.

Me pasé un día entero estudiando los datos de la pared: quién gobernaba en Inglaterra, el momento en que se introdujo el cambio de moneda, la primera vez que habían visto un coche, un avión, el primer reactor, los satélites que sobrevolaban Australia, los eclipses, incluso lo que parecía un platillo volante con unos Mutantes que tenían un aspecto más mutante que yo... Algunas de las cosas que me contaron las habían pre¬senciado los anteriores guardianes del tiempo y de la memoria, pero los observadores enviados a las áreas ci¬vilizadas habían sido los transmisores de otros aconte¬cimientos.

Antes solían enviar a los jóvenes, pero se dieron cuenta de que era una tarea demasiado dura para ellos. Los jóvenes se dejaban impresionar fácilmente por la promesa de ser dueños de una furgoneta de reparto, co¬mer helados cada día y tener acceso a todas las mara¬villas del mundo industrializado. Los adultos eran más maduros y reconocían la atracción de aquel imán, pero no sucumbían a él. Sin embargo, jamás se retenía a nadie en la familia tribal contra su voluntad; perió¬dicamente regresaba uno de sus miembros perdidos. A Quta lo habían separado de su madre al nacer, una práctica común y legal en el pasado. Para convertir a los paganos y salvar sus almas, se internaba a los niños abo¬rígenes en instituciones y se les prohibía aprender sus diferentes lenguas nativas y practicar sus ritos sagra¬dos. Outa permaneció retenido en la ciudad durante dieciséis años hasta que decidió huir en busca de sus raíces.

Todos reimos cuando Outa nos contó las situacio¬nes creadas por el gobierno, que entregaba viviendas a los aborígenes. Éstos dormían en el jardín y utilizaban la casa como almacén. Conocí entonces lo que ellos consideran un regalo. Según mis compañeros de la tri¬bu, un regalo sólo es un regalo cuando le das a una per-sona lo que ella desea, y deja de serlo cuando das lo que tú deseas que tenga. Un regalo no obliga a nada. Se da sin condiciones. Las personas que lo reciben tienen de¬recho a hacer con él lo que quieran: usarlo, destruirlo, regalarlo, lo que sea. Es suyo, sin condiciones, y el que lo da no espera nada a cambio. Si no se corresponde con estos criterios, no es un regalo y debería clasificarse de alguna otra manera. Tuve que admitir que los regalos del gobierno, y desgraciadamente la mayoría de las co¬sas que en mí sociedad se considerarían regalos, se ve¬rían de un modo diferente en la tribu. Pero también recordaba a algunas personas de mi país que hacían re¬galos constantemente y ni siquiera eran conscientes de ello. Son personas que te ofrecen palabras de aliento, que comparten sus anécdotas contigo, que ofrecen a los demás un hombro en el que apoyarse o que, simple¬mente, son amigos que no te fallan jamás.

La sabiduría de mis compañeros de viaje era una fuente constante de asombro para mi. De ser ellos los dirigentes del mundo, qué diferentes serian nuestras re¬laciones...

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